domingo, 4 de julio de 2010

Carlos Juarez: La definitiva muerte de un caudillo


Escribió 25 cartas por día. 750 en un mes. 9125 en un año. 45.625 en cinco años. 63.875 cuando terminó el exilio. Volvió a Santiago del Estero en 1973 en el único avión diario que salía de Buenos Aires. Detrás de las vallas estaban los nombres de las personas a quienes les había tipeado carta por carta. El “Tata” Carlos Arturo Juárez movía la cara de un lado al otro lado como sabían hacerlo los ventrílocuos. Abarcaba todas las miradas sin fijar los ojos en ninguna de las caras, siempre un poco más arriba, como mirando al que estaba detrás.
–¡Ey, Juan! –saludaba con la mano en alto, exagerada. Y hacía el gesto de la V. Después de Juan nombraba a Pedro y luego podía ser a José. No importaban los nombres porque ninguno existía, era la forma de su escenificación política, la construcción del caudillo, los gestos personalizados con los que nunca miraba a los ojos como si se presentara ante seres que están muertos.
Juárez tenía 94 años. Murió el viernes a las 22.15 en el sanatorio San Francisco de la capital santiagueña. Estaba internado desde el lunes con un cuadro de neumopatía que se agravó en los últimos días. Ayer sus restos fueron velados e inhumados. El gobernador Gerardo Zamora dispuso tres días de duelo y ordenó que se le rindieran honores con una guardia de Patricios santiagueños.
El caudillo santiagueño había muerto políticamente mucho antes que el viernes. Murió el 1º de abril de 2004 cuando el gobierno federal intervino Santiago del Estero. Los crímenes de Leyla Bshier y Patricia Villalba, las dos jóvenes conocidas como las muertas de La Dársena habían logrado sacar a un puñado de personas a la calle con el reclamo de justicia. Por entonces, Mercedes Aragonés de Juárez, Nina, su segunda esposa, gobernaba la provincia. El ex comisario Musa Azar, encargado del servicio de Informaciones durante la dictadura, era el jefe de policía de los Juárez y el dueño de aquel zoológico del espanto donde se decía que habían destripado a las chicas. Detrás de los cuerpos de las muertas, de las marchas del silencio, se levantaron los ex detenidos de los años de la dictadura como fantasmas que se animaban por primera vez a ver la luz. Con ellos salieron a la calle los perseguidos políticos de esos años que deambulaban en las cuevas de una democracia que mantenía vigilada a la oposición, y a los aliados, a fuerza de extorsiones y un archivo con 40 mil expedientes secretos. Juárez llevaba cumplidos cinco mandatos propios y más de cincuenta años a cargo del poder real en la provincia. Terminó sus días en el gobierno con un arresto domiciliario y una causa por la desaparición de trece personas durante la dictadura que todavía no está cerrada.
Había nacido el 16 de febrero de 1916. Era el hijo menor de una familia de clase media. Su padre, un profesor respetado, lo había criado junto a sus tres hermanos, Nicolás, Raúl y María. Carlitos pasaba horas leyendo. En una tierra, en la que sesenta y seis por ciento de la población no sabía escribir, Juárez devoraba los clásicos. “Yo soy un hombre serio y severo porque mi padre me educó en la severidad, en una formación muy controlada”, decía cuando reinterpretaba su infancia. Nunca contaba en cambio de su legado materno. Doña Elvira López era religiosamente mística. Solía usar un látigo de tres puntas convencida de que “la letra con sangre entra”. Antes de casarse, Juárez padre abandonó las reuniones en la Logia Masónica a pedido de su futura esposa que lo hizo acercarse a las milicias católicas. La pareja ceñía sus cuerpos con cilicios como Carlos Arturo iba a ceñirse más tarde a los destinos de la cruz en la Acción Católica y como más tarde iba a ceñir los destinos de la provincia.
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