viernes, 8 de febrero de 2013

SÍNTOMAS DE ÉPOCA: LA DERECHA, EL NEOLIBERALISMO Y LOS LENGUAJES DE LA INJURIA.




Por Ricardo Forster

Preguntarse por los cambios que se vienen produciendo en el interior de nuestras sociedades es, sin dudas, incursionar en aquello que marca el derrotero de una época en la que pocas cosas parecen permanecer igual que en el pasado. Es, también, comprender los lazos decisivos que se han establecido entre las transformaciones estructurales del capitalismo (las que se vinculan con el paso de una matriz productiva a una financiera) y la emergencia de nuevas formas de subjetivación directamente ligadas a los cambios culturales de las últimas décadas. Cuando vemos que la derecha actual sigue apelando a la despolitización y a la incorporación y promoción de figuras del espectáculo y del deporte como paliativo a lo que considera el “más allá de la política” en la representación del mundo de amplios sectores sociales; cuando observamos la reaparición de lenguajes del odio y el resentimiento en estratos de la clase media (los insultos y las agresiones cobardes y visceralmente antidemocráticas al viceministro de Economía Axel Kicillof que regresaba con su familia del Uruguay en Buquebus el primer fin de semana de febrero; las injurias soeces de Miguel del Sel, candidato estrella del Pro en las últimas elecciones santafesinas, contra la Presidenta de la Nación y las expresiones cloacales que se escucharon en las marchas caceroleras de septiembre y noviembre, a lo que se agrega esa otra zona purulenta que permiten los grandes medios de comunicación en sus sitios web donde proliferan no sólo los insultos sino, peor todavía, los llamados a ejercer una violencia homicida, y la lista podría continuar sin que la oposición se pronuncie en defensa de la república y de los valores democráticos y de diversidad a los que dice representar); lo que se está manifestando es la mutación del sistema neoliberal, la presencia de su crisis indisimulable en las economías centrales, y la necesidad de profundizar aún más su lógica despolitizadora y cualunquista que, sobre todo, se evidencia en sectores de la clase media que mejor vehiculizan esa lógica del prejuicio y de la banalización. Tampoco quedan dudas del papel central que les toca cumplir a las grandes empresas comunicacionales en la reproducción de esta concepción del mundo y en la multiplicación del “clima de odio y malestar” que acaban por aplaudir en sus crónicas (como botón de muestra vale la pena leer la narración “aséptica” que hizo La Nación de los insultos y las agresiones sufridas por Axel Kicillof y su familia, narración que bordeaba la justificación de las injurias y de sus propaladores). Su papel ha dejado de ser el del acompañante para convertirse en decisivo a la hora de perfilar prácticas y conductas, lenguajes y definiciones que buscan hacer inviable cualquier proyecto popular y genuinamente democrático que busque cuestionar y superar la hegemonía del liberalcapitalismo. Sucede en la Argentina y en el resto de los países de América latina que están desplegando caminos alternativos. Sube, putrefacta, una ola de retóricas violentas, reaccionarias, cualunquistas y destituyentes que reciben, en la mayoría de los casos, la justificación de los “defensores de la república amenazada” por los populismos continentales.

En un libro fundamental para entender nuestra época, El nuevo espíritu del capitalismo, los sociólogos franceses Luc Boltanski y Ève Chiapello desmenuzan con rigor analítico y claridad de ideas la matriz y el funcionamiento de lo que se denomina el neoliberalismo como última etapa, hasta ahora, de un sistema de signos económico-político-culturales que ha definido el carácter de nuestra realidad. Y lo hacen indagando no sólo por el funcionamiento de la máquina económica, de lo que se ha descripto como el giro del capital hacia lo especulativo-financiero en detrimento de sus formas productivas, ni exclusivamente pasando revista al desmontaje sistemático del Estado de Bienestar que fue la forma hegemónica que adquirieron las sociedades occidentales en la segunda posguerra, sino hincándole el diente también, y centralmente, a los fenómenos culturales, discursivos, estéticos e ideológicos que le dieron forma y hegemonía política y social a una transformación regresiva y hondamente marcada por la injusticia que viene marcando la vida de nuestras sociedades desde hace más de tres décadas.

Ese “nuevo espíritu del capitalismo” radica, entre otras cosas, en un giro vertiginoso de las prácticas y conductas sociales asociadas a un despliegue exponencial de una ideología que buscó, con éxito, desmontar los ejes político-culturales sobre los que se había montado el modelo bienestarista y la búsqueda del igualitarismo social. Para ello contó con el aporte fundamental de los grandes medios de comunicación y de aquello que otro francés, Guy Débord, denominó “la sociedad del espectáculo”. Se trató, por lo tanto, de un giro en el sentido común, aquel que fuera dominante hasta mediados de los años setenta y en las formas de producción de las subjetividades anudadas, ahora, al mercado y a sus prácticas: el predominio de una moral individualista, la lógica de la competencia como resorte mayúsculo imbricada con lo que otros autores caracterizaron como “la sociedad del riesgo” en la que todos aquellos actores sociales que no mostraran sus condiciones para adaptarse a las duras exigencias del mercado serían impiadosamente arrojados al vertedero de la historia, la culturalización de la política que supone el predominio de las agencias de publicidad, de las encuestas y del marketing como centro de la acción política, unida a la presencia de un actor decisivo que ha venido multiplicando su presencia en la conformación de las actuales estructuras de conciencia y en lo que se denomina “la opinión pública” y que no es otro que los grandes medios de comunicación, exponentes actuales y decisivos de la ideología neoliberal.

Les tocó a esos grandes medios horadar en la voluble “opinión pública” las antiguas prácticas emanadas del Estado de Bienestar; fueron ellos la vanguardia del shock y de sus consecuencias catastrofales en el interior de una vida social aterrorizada ante el retorno espantoso “de los dioses dormidos” que habitan en las alturas inescrutables del Olimpo llamado “mercado”. Junto con la multiplicación de los compartimentos y la fragmentación social, de la mano con las nuevas formas de pobreza y de exclusión exponencialmente multiplicadas por el modelo neoliberal, la máquina mediática apuntaló la certeza, socialmente compartida, de un inexorable giro hacia la sociedad de mercado transformada en la gran panacea de una humanidad agotada de viejos conflictos en desuso y deseosa de entrar al primer mundo. Entre las extrañas y extraordinarias paradojas de las que es portador nuestro tiempo, una de las más notables es que desde esas geografías de la abundancia es de donde provienen las actuales expresiones del desasosiego, del terror ante la caída libre y sin anestesia que hoy atraviesa a países europeos que, por primera vez en décadas, descubren, horrorizados, que los hijos vivirán peor que sus padres.

El perfil de la nueva derecha hay que ir a buscarlo en estas “novedades” que logran mezclar mercadolatría, individualismo, culturalización de la política, hegemonía mediática como desplazamiento de las formas identitarias y de las fuerzas políticas tradicionales (en particular las que debieran pero ya no lo logran expresar el ideal liberal-conservador) que ya no dan cuenta de las demandas de una parte sustancial de la población, desideologización (aquello de que ya no hay más derechas ni izquierdas sino todo lo contrario porque de lo que se trata “es de gestionar de acuerdo a lo que necesita la gente”, buscando siempre “el consenso” y oponiéndose a la proliferación del conflicto como suele ser la retórica utilizada, entre otros, por Daniel Scioli), y despliegue de los lenguajes del gerenciamiento y del management empresarial como nuevo arquetipo de las prácticas recomendables y deseables en el interior de gestiones “asépticas” que devuelven la imagen de una consensualidad a prueba de conflictos y antagonismos. Una sociedad forjada a imagen y semejanza del “ideal” emanado del capitalismo de última generación, capaz de hacernos olvidar aquellos otros momentos de la historia atravesados por la intemperancia de demandas inabordables, en especial las de aquellos que reclamaban bajo el concepto antiguo y moderno de “igualdad” una más justa distribución de la riqueza.

Lo que ha logrado, en parte, esta nueva ideología de derecha que recoge temas antiguos pero maquillándolos según las actuales necesidades, es naturalizar la pobreza y la desigualdad, lo que le permite, como lo vemos continuamente con el macrismo, utilizar descaradamente la palabra “igualdad” sin establecer ninguna relación con su historicidad y con los mecanismos que producen y acentúan la desigualdad. Silencio de radio ante la expansión depredadora de la especulación bancario-financiera, más silencio ante la concentración exponencial de la riqueza en cada vez menos manos y, finalmente, afirmación del modelo neoliberal como fundamento de la vida económica contemporánea. Lo propio de este discurso es que no explicita sus objetivos y los va dejando en una nebulosa mientras, allí donde tiene poder, los realiza sin anestesia (algo de esto pudimos verlo en el repliegue de Barack Obama, a lo largo de su primer mandato, ante las demandas y las presiones del conservadurismo republicano que logró, entre otras cosas, que fuese el propio presidente demócrata el que llevase adelante un plan de ajuste que cayó sobre los sectores más débiles y pobres de la sociedad estadounidense salvando, una vez más, a los ricos que siguieron manteniendo sus privilegios impositivos –quedará por ver si algo cambiará durante su segundo mandato, aunque mantengo mi indeclinable escepticismo–. Los únicos gastos que no se recortarán serán los militares. Nada muy diferente llevaron adelante los socialistas españoles y griegos a la hora de aplicar brutales planes de ajuste que contradicen su historia y su ideología transformando a la socialdemocracia en absolutamente funcional a la lógica del capitalismo neoliberal y dejando la mesa servida para que se sirvan, sin ningún costo, las derechas. Es ahora al socialismo francés a quien le toca jugar el mismo papel agravado por la reaparición del síntoma colonialista en su reciente intervención militar en Mali).

Un breve paréntesis para señalar que nuestros “socialistas” vernáculos, los que son el eje de un Frente dizque progresista, sostienen, en lo económico, la misma lógica de la restauración conservadora: proponen como política antiinflacionaria el esquema de metas de inflación (debe leerse como la opción de enfriar la demanda mediante la suba de la tasa de interés), igual que el FMI, González Fraga, Prat Gay y demás (¿no resulta bochornoso para quienes decían expresar una concepción de izquierda –como Libres del Sur con Tumini y Donda a la cabeza– sacarse fotos con Prat Gay y compañía? ¿A eso le llaman progresismo?). Abonan a favor de una regla fiscal que garantice la sustentabilidad de la deuda (debe leerse como una alternativa recesiva al uso de divisas que generó en su momento el conflicto con Redrado y con los intentos especulativos contra el peso buscando una devaluación). Por otra parte el referente de los socialistas santafesinos se preocupa por que se genere un clima beneficioso para la inversión privada y reniega del papel que está jugando la inversión pública sugiriendo que es excesiva y desplazante del rol de la actividad privada. El ejemplo europeo nos ahorra seguir comentando el proceso de derechización de ciertos sectores del viejo progresismo que también involucra a esa franja opositora en nuestro país.

Para Boltanski y Chiapello de lo que se trata es de comprender “cómo el discurso de la gestión empresarial, discurso que pretende ser a la vez formal e histórico, global y situado, que mezcla preceptos generales y ejemplos paradigmáticos, constituye hoy la forma por excelencia en la que el espíritu del capitalismo se materializa y se comparte”. Los ciudadanos de nuestro tiempo, en Francia o en la Argentina, han sido brutalmente interpelados por ese discurso que le dio su consistencia al espectacular giro que se produjo en el interior del capitalismo y que supuso una profunda y dramática transformación de la vida cotidiana, de las formas tradicionales de representación, de las relaciones interpersonales y de los vínculos con la esfera pública. Entre nosotros hubo dos momentos liminares para apuntalar ese tiempo de profunda regresión económico-social: el iniciado por la dictadura bajo el plan de Martínez de Hoz y, luego del interregno del alfonsinismo –interregno que propiamente duró hasta la implementación del Plan Austral– que sería arrojado al infierno de la hiperinflación, y, después de dejar que la sociedad cayera presa del pánico ante el absoluto derrumbe de la vida económica, retomado, aquel plan de la dictadura, en su esencia neoliberal con ribetes conservador-populistas por Menem y Cavallo. Lo no dicho por la derecha actual, la que representa, entre otros, Mauricio Macri, es que su aspiración es reencuadrar al país en el modelo neoliberal que sigue siendo hegemónico en la mayor parte del planeta y eso más allá de su profunda crisis que hoy azota a los países centrales.

Es en el interior de este proceso histórico, cuyo punto de inflexión hay que situarlo a mediados de la década del ’70, cuando estalló la crisis del petróleo y comenzaron a desplegarse con fuerza hegemónica los lineamientos de los economistas neoclásicos afincados en lo que sería la ideología neoliberal, donde tenemos que ir a buscar los lineamientos de una nueva derecha que, en nuestro país, busca recuperar el terreno perdido desde mayo de 2003. Y es en el interior de esta matriz ideológica que tenemos que leer lo que significa la consolidación, en la ciudad de Buenos Aires, de una derecha que entrecruza lo liberal y lo populista, el crudo discurso del mercado y de la privatización con el reclamo, a todas luces artificial, de una sociedad de iguales que logre reabrir el ideal de una igualdad de oportunidades que no es otra cosa que una gigantesca quimera propagandística desmentida por una realidad brutalmente expulsiva y excluidora. El macrismo, con su alquimia de estética de última generación pergeñada en el laboratorio de Durán Barba, sus “sofisticados” punteros provenientes del peronismo duhaldista, su capacidad para movilizar fantasías ligadas al mundo de “las celebridades” y a la gramática fascinadora del espectáculo junto con la complicidad y la protección de la corporación mediática –fuerza imprescindible para desplegar el proyecto de restauración conservadora neopopulista en la Argentina–, ha mostrado con su último triunfo en Buenos Aires que es, hoy por hoy, la mejor expresión de ese ideal “opositor” que no se lograba encontrar entre la variopinta tienda de los milagros que venía siendo lo propio y visible de la oposición política. Es en él, en su máquina mediática, donde se pone en evidencia el “modelo” de sociedad que pretenden cuando su discurso, el genuino, encuentra en Miguel del Sel su idiosincrásica manifestación. Mientras tanto, los “progresistas” opositores creen que su tiempo está cercano y no se dan cuenta de que siempre acaban por confluir con una derecha que sabe mucho mejor qué es lo que hay que hacer para intentar horadar al gobierno. Por ahora sus recursos apuntan, por un lado, a la multiplicación de un clima enrarecido y a la justificación del “malhumor” de sectores altos y medios que se expresan de la forma más violenta y soez, y, por el otro, a continuar con sus maniobras devaluacionistas e inflacionarias. Lo “real” de nuestra derecha, una vez más y de modo lamentable, se expresa alrededor de ese lenguaje de la injuria y el insulto. La democracia, su salud, no se puede permitir que proliferen esas prácticas.

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