miércoles, 26 de junio de 2013

Leopoldo Marechal...simplemente




Leopoldo Marechal


Poeta, narrador, dramaturgo y ensayista argentino nacido en Buenos Aires en 1990.
Fue maestro y profesor de enseñanza secundaria y formó parte de la generación que giró en torno de la revista 
Martín Fierro
.
Su poesía fue relegada al olvido durante dos décadas, debido a sus enfrentamientos con compañeros de su generación
cuando ocupaba cargos oficiales.
En 1926 viajó por primera vez a Europa, donde trabó amistad con importantes intelectuales y pintores españoles
y franceses. En 1930, nuevamente en París, escribió los capítulos iniciales de «Adán Buenosayres».
A su primer libro de poemas, «Los Aguiluchos» 1922 le siguieron: «Días como flechas» 1926, «Odas para el hombre
y la mujer» 1929, «Laberinto de amor» 1936, «Cinco poemas australes» 1937, «El Centauro» 1940, «Cantos a Sophía»
en 1940, «Canto de San Martín» 1950, «Heptamerón» 1966, «El poema de Robot» 1966 y el «Poema de la Física»
(recuperado póstumamente).
Al fallecer en 1970, estaba escribiendo la novela «El empresario del caos».




Niña de encabritado corazón


     Su nombre, pensamiento
     levantado del agua
     o miel para la boca
     de silencios añosos.
dicho bajo las ramas que otra vez aprendían
el gesto inútil de la primavera.
     Mi nombre atado al suyo
     castigó la vejez
     de un idioma sin ángel.

     (¡En un país grato al agua
     no fue cordura olvidar
     el llanto de las campanas!)

Yo era extranjero y aprendiz de mundo
junto a la mar y fiel a su vocablo.
y como la tristeza miente formas de Dios
en la Ciudad y el Río de mi patria,
sabía desde ya que Amor en tierra
nunca logra el tamaño de su sed
y que mi corazón será entre días
un gesto inútil de la primavera.

     (En un país junto al mar
     veletas locas de sueño
     ya no sabían guardar
     fidelidad a los vientos.)

Niña edificando su alegría:
toda impaciente por acontecer!
Pareció que en sus hombros apoyaba la mano
     sin oriente una edad,
o que reverdecían las palabras
en el otoño de un idioma
ya cosechado por los muertos.
¡Niña-de-encabritado-corazón
nunca debió seguirme junto al agua!
Porque de olvidos era trenzada su alegría,
     y porque la tristeza
     miente formas de Dios
en la Ciudad y el Río de mi patria.

     (Pero las rosas ignoraban
     la edad del mundo,
     y se pusieron a contar
     frescas historias de diluvio.)

Por culpa de las rosas olvidamos,
     junto al mar y a la sombra
     de veletas con sueño:
Desde su adolescencia hasta su muerte
la niña, paralela del verano, cruzaba.
¡Fue imprudente olvidar que Amor en tierra
nunca logra el tamaño de su sed,
     y a manera de un vino
     paladear la mañana,
     o escuchar el salado
     proverbio de las rosas!

Sólo al final de la estación fue cuando
sentí cómo la niña se disipaba en gestos.
Y vi su madurez cayendo a tierra,
y la estatura de su muerte
junto a la mar encanecida.

Mas, como la tristeza miente formas de Dios
en la Ciudad y el Río de mi patria, 
le arrebaté a la niña los colores, 
     el barro y el metal,
y edifiqué otra imagen, según peso y medida;
Y fue, a saber: su tallo derecho para siempre,
su gozo emancipado de las cuatro estaciones,
idioma sin edad para su lengua,
     mirada sin rotura.

Y esta maldad compuso mi experiencia
con el metal y el barro de la niña.

     ¡Bien pueden ya los bronces
     divulgar su cordura,
y el día ser un vino derramado,
y repetir olvidadizas ramas
el gesto inútil de la primavera!
Sentada está la niña para siempre,
mirando para siempre desde su encantamiento.

Y este nombre conviene a su destino;
Niña Que Ya No Puede Suceder.


De "Odas para el hombre y la mujer" 1929

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